A partir de esta semana, los habitantes de la ciudad de Antofagasta podrán enorgullecerse de vivir en la primera gran urbe del continentes americano en ser abastecida totalmente con agua de mar desalada gracias a la ampliación de la Planta Desaladora Norte de Aguas Antofagasta, que garantizará el suministro de agua a más de 600 mil personas, considerando a los habitantes de Mejillones que ya proveía. Y es que para los chilenos el agua es el servicio básico más relevante para el funcionamiento de los hogares y el segundo elemento más relevante para que se mantenga en funcionamiento la actividad industrial y productiva, según muestra un estudio realizado por ACADES y Criteria.
Sin embargo, persisten entre nosotros percepciones distorsionadas sobre los usos del agua y el estrecho lazo que la une con el crecimiento económico y el desarrollo del país. Todavía dos tercios de los chilenos desconocen que hay ciudades en el país que se abastecen completamente con agua desalada, como Mejillones, Tocopilla, Caldera, Chañaral y ahora Antofagasta. Casi un tercio todavía piensa que la minería es el principal consumidor de agua del país y menos de un sexto de la población califica al agua desalada como saludable, cuando es por lejos, la fuente de agua más pura que existe, estando menos de un quinto dispuesto a beberla.
La brecha de estas percepciones instaladas en la opinión pública y los datos que nos entrega la ciencia nos impide ponderar adecuadamente las soluciones que necesitamos implementar para alcanzar la seguridad hídrica. Nos preocupa el agua y el que se esté acabando como efecto del cambio climático, pero solo 1 de cada 8 personas considera prioritario invertir en construir las obras de infraestructura que se necesitan para adaptarse a los efectos del cambio climático. Nuestra atención continúa capturada por la inmediatez de las necesidades más apremiantes, sin poder ponderar los desafíos estructurales de largo plazo que necesitamos acometer precisamente para responder a esos anhelos básicos: mejores sueldos, seguridad, educación y salud.
Estamos atrapados en una contradicción. Queremos crecer para responder a las necesidades más urgentes de las personas, pero sin asumir que, para ello, necesitamos primero volver a construir. Mientras no invirtamos en la infraestructura requerida para expandir nuestro crecimiento potencial, no podremos responder a los desafíos que nos presenta el cambio climático ni a los anhelos de la ciudadanía. Con el agua esto es evidente. Sin ella no hay minería, agricultura ni industria. El 60% del PIB de nuestro país depende del agua, y según el Banco Mundial, en 2019 los bienes que dependieron de una adecuada gestión hídrica representaron el 83% de las exportaciones nacionales.
No podemos, por tanto, seguir descansando en la variabilidad de las fuentes continentales. Necesitamos ampliar la oferta de agua en las cuencas deficitarias reutilizando aguas residuales y desalando agua de mar a distintas escalas para entregar las condiciones habilitantes a las actividades productivas e industriales que darán respuesta a los anhelos de movilidad social y a la promesa de la meritocracia; necesitamos agua para crecer.
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